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Mi primer viaje a Colonia Finlandesa fue en noviembre de 1977

octubre 11, 2007

Después del viaje de Buenos Aires a Posadas, tomé un bus a Oberá. El viaje de una hora y cuarenta minutos se me hizo más corto cuando tres “gringas” jóvenes me invitaron a tomar mate. Una de las chicas sentada frente a mí estudiaba inglés en la facultad de Posadas. Lo hablaba muy bien. Le conté que estaba estudiando la colonización finlandesa en Misiones y le pregunté si sabía indicarme como llegar a la Colonia Finlandesa. No supo decirme.

Al día siguiente pasé por una comisaría y con una dosis generosa de cultura californiana y finlandesa, que se podría describir como inocencia, pensé que seguramente la policía sabría decirme cómo llegar a la Colonia Finlandesa.

Había sólo un guardia de turno cuando entré al pequeño destacamento y noté enseguida que él estaba sorprendido de verme. ¿Por qué cuernos entraría a una comisaría un muchacho desconocido? habrá pensado.

No terminé entre rejas porque era soldado y porque le conté que me había criado en Los Ángeles. “En los Estados Unidos es común pedirle ayuda a la policía,” me dijo, “en la Argentina no se acostumbra.”
Aunque sólo fue un susto, el guardia tampoco supo decirme cómo llegar a la Colonia Finlandesa. Al fin me orientaron dos ancianos en la terminal de buses de Oberá. Me aconsejaron viajar 30 kilómetros a Leandro N. Alem, donde tomé un taxi. El taxista, de rasgos étnicos alemanes, no tenía la mínima idea de dónde quedaba la Colonia Finlandesa. Viajamos un largo rato por caminos y picadas perdidos. La mayoría de la gente a la que le preguntábamos sobre la colonia no nos podía ayudar.

Hay una imagen de ese día que me quedó grabada para siempre. En un campo por el que pasamos, vi por primera vez a gente “gringa,” o nórdica, carpiendo entre la mezcla de paisajes del monte subtropical. Quizás lo que más me intrigó de esa imagen fugaz no fue la presencia de gente con rasgo étnico nórdico carpiendo, sino algo más profundo. Fue como si a través de ellos percibiera que estaba por entrar a un nuevo mundo, en una máquina del tiempo, quizás, que me transportaría hasta los comienzos del siglo pasado, cuando los primeros finlandeses colonizaron la selva misionera.

El taxista no ocultó su desprecio por los criollos. “El problema con el criollo es que no trabaja,” dijo con toda confianza. “Los gringos son trabajadores y por eso triunfaron. Hay que trabajar duro si uno quiere lograr algo en la vida.”

Aunque guardé silencio, el racismo del taxista contra los criollos me molestaba. Era la misma incomprensión y los mismos argumentos que había escuchado en Los Ángeles contra los negros y los mejicanos. ¡Qué afirmación! ¡Los criollos eligen ser pobres porque son vagos! El taxista no entendía algunas razones porque si los criollos eran pobres era por falta de educación, injusticia económica, social, política y, por supuesto, por la ignorancia y el desprecio que sufrían.

Después de andar más de una hora, llegamos al pueblito de Caá Yarí, que está al lado de la Colonia Finlandesa. Un anciano nos indicó que debíamos andar todavía unos ocho kilómetros por la Picada Finlandesa para llegar a la chacra de Artturi Heino. Por fin llegamos y un anciano con barba me vino a saludar. Era Artturi Heino, quien llegó a la Argentina en 1924 pero se mudó a la Colonia Finlandesa en 1934. También estaban su señora Helga y su hija Anni. Conocí a Hedvig, de ochenta y un años, la madre de Helga, quien había llegado a la Colonia Finlandesa a pie desde Brasil, con su esposo Janne en 1912.

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2 comentarios leave one →
  1. agosto 13, 2008 1:05 am

    hola como andan quiero ser una soñadora mas bueno me voy Chau!

  2. Liliana Scherer permalink
    febrero 5, 2011 6:57 pm

    No soy una aficionada al interned pero hoy Buscando los limites de mi municipio Guarani Depto. Obrá me encuentro con este comentario y lo de Colonia Filandesa Vivia tan cerca y solo transite sus camino pero m llena d orgullo saber q alguin tan lejano estuvo conociendo nuestras raices. saludos

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