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Llegada a Colonia Finlandesa (Misiones) en 1977

enero 30, 2011

Por Enrique Tessieri

Me acuerdo como si fuera ayer la primera vez que viajé a la Colonia Finlandesa, en la provincia de Misiones. Era jueves, un día de sol y primavera del 3 de noviembre de 1977. Aunque el viaje en avión desde Buenos Aires a Posadas dura aproximadmente una hora y media, y después unas horas más en bus hasta Oberá, y luego a la Colonia en taxi o a pie, el viaje en realidad era muchos más largo de lo que parecía muchos años atrás…

…En 1977 ya no vivían muchos finlandeses en la colonia. Aparte de Artturi Heino, estaban Hedvig Niskanen, Svea Gumberg, Aarmas Heikkilä, Fanni Granlund, Reino Putkuri, Aaron Palo, Greta Holmberg de Oberá y unos pocos más. Habían finlandeses de segunda generación como Eero Granlund, que había nacido en la Argentina. A Eero lo había encontrado por casualidad en un camino cuando iba al almacén y con un sombrero de paja, recién había llegado de carpir. Sentí el fuerte olor a alcohol en su aliento cuando me hablaba.

El sol de la tarde acariciaba desde el fondo su cara barbuda y arrugada prematuramente. El rostro de Eero me dio lástima, era como el de un hombre vencido por la vida y el alcohol; era como si hubiera aceptado vivir la pobreza con todos sus defectos y debilidades.

Hablábamos un poco en finlandés, pero más en castellano. Me contó que quería irse de la colonia a la región de Iguazú, donde hay tierras fértiles. También me habló de trabajar en una cantera partiendo piedras. Pagaban bien. Dijo que no podía irse de la Colonia Finlandesa por sus dos hijos, hasta que fueran mayores. “Hice algunos malos negocios y me vino abajo,” dijo cándidamente. “Acá uno no progresa, sólo gana para vivir.”

La humilde choza de Eero una vez formó parte de la chacra de su madre Fanni Lepistö de Granlund, que vivía en una colina a medio kilómetro. Cuentan los lugareños que un día se enojó con ella y arrastró la choza hasta su lugar actual. (Fuente: Enrique Tessier, Lejana tierra mía, 2006)

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Inmigración: El partir es morir un poco

abril 18, 2009

Para personas como los finlandeses, quienes alguna vez fueron una tribu nómada, y terminaron estableciéndose en este rincón mágico de Europa, el ritual de la despedida sigue siendo una parte importante de nuestra herencia cultural. Las despedidas se notan en todas partes de nuestra cultura. Hasta Väinämöinen, el mítico héroe barbudo blanco del Kalevala, parte en un bote para no regresar jamás. Hasta Jean Sibelius compuso un concierto llamado, Buenas noches – adiós.

Varios tipos de separaciones marcan la historia de Finlandia. Existe la despedida del migrante quien navegó a las Americas a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, y la del último beso de una joven esposa y esposo, o la de una madre a su amado hijo, quien pronto moriría en el frente de batalla.

Algunas de estas despedidas son tan intensas, que son recordadas y transmitidas de generación en generación. Mi madre una vez  me contó de que manera mi abuela descubrió acerca de la muerte de su hijo , sirviendo a la ejército de EE.UU., en el frente italiano en la 2da Guerra Mundial. Aunque haya pasado más de medio siglo, me sorprendí de lo claro que pudo describir el evento trágico. “Aino estaba horneando en la cocina,” dijo ella. “Fue por la tarde cuando recibió el telegrama del departamento de estado de los EEUU. Colapsó al enterarse la noticia de la muerte de Leo.”

La muerte, que no es más que un último adiós, es una imagen recurrente encontrada en las despedidas de los finlandeses. El poeta francés Edmond Haraucourt (1856-1941) creyó que la imagen de la muerte aparece siempre cuando dos humanos se separan. Escribió: partir c´est mourir un peu. Cést mourir a ce qu´on aime. ( El partir es morir un poco, es morir a lo que uno ama).

El fin de la 2da guerra Mundial, no conduce al final de las dolorosas despedidas. Por el contrario, cientos de miles de finlandeses comenzaron a mudarse a las ciudades dejando sus hogares en la campiña. En esas ciudades surgió un gran vacío porque esas personas que dejaron el campo fueron cubiertos de nostalgia ya que constantemente recordában sus hogares en la campiña y las despedidas que fueron las últimas imágenes.

Aún hoy en medio de lo moderno y relativamente barato del pasaje aéreo y de internet, nosotos continuamos siendo forjados por un sentimiento de constante movimiento y por las pasadas, presentes y futuras despedidas.

Espero que los saltos tecnológicos y los grandes pasos que la humanidad de en éste milenio hagan obsoletas las despedidas. Posiblemente una nueva manera de viajar, a través de una dimensión como el ciber espacio, nos permita estar a miles de kilometros en varios lugares simultáneamente, sin movernos del cuarto en donde nos encontramos.

Bajo semejantes circunstancias, no sería necesario despedirse porque podríamos estar con todas las personas que amamos y con los amigos que deseáramos.

Despedidas “light”

Por muchos años, y casi subconcientemente, me he distanciado de las despedidas, especialmente aquellas que son profundas, largas y casi las ultimas. Es por eso que no disfruto ir a funerales ni despedirme de un buen amigo antes de un viaje largo. El poeta alemán Rainer Maria Rilke una vez escribió: “Estate por delante de todas las despedidas, como si estuvieran por detrás de ti, como el viento que justo está partiendo.”

La despedida más dificil que experimenté era cuando debía decirle adiós a los veranos que pasé con mis abuelos maternos en los bosques de Savo en Finlandia oriental. Es una mentira pensar que la despedida con la naturaleza es un acto de un sentido. Antes de la partida de Savo, podía sentir susuros tristes de adiós de los bosques acercándose a mí un poco antes de regresar al hormigón de las calurosas y asfaltadas calles de Los Angeles, California.

El ritual de la despedida era una experencia más traumática a comienzos del siglo pasado que hoy en día. En aquel entonces, las personas que no se volverían a ver nunca más, por el destino o la geografía, tuvieron que disfrazar las despedidas con grandes dósis de esperanza. Tuvieron que convencerse de que pronto se volverían a ver, aunque nunca lo hicieran.

¿Cómo millones de migrantes hubieran podido dejar a sus afectos si hubiesen sabido que no los volverían a ver nunca más? Posiblemente la historia de la humanidad se hubiese escrito diferente si hubiésemos tanido la habilidad de saber si nuestras despedidas eran las últimas.

Esta columna fue publicada anteriormente en la revista Suomen Silta (en inglés), Fennia y en el blog Migrant Tales.

Exposición de Colonia Finlandesa (10/10)

abril 12, 2009

10. Últimos pensamientos

El poeta fancés, Edmond Haraucourt (1856-1941), creía que la imagen de la muerte aparce siempre cuando dos personas se separan. Dijo: “El partir es morir un poco, es morir a lo que uno ama.”

El ritual de la despedida era una expreiencia más traumática a comienzos del siglo pasado que hoy.  En aquellos tiempos, las personas que no se volverían a ver nunca más, por el destino o las cirumstancias de la geografía, tuvieron que disfrazar las despedidas con grandes dosis de esperanza. Tuvieron que convencerse de que pronto se volvierían  a ver, aunque nunca lo hicieran.

¿Cuántos inmigrantes de Finlandia y de otros países hubieran dejado a sus seres queridos si hubieran sabido que sería la última vez que los vieran? Seguramente la historia de la humanidad se hubiera escrito de manera distinta si hubiéramos tenido el don de saber si nuestros adioses eran los últimos.

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Exposición de fotos de Colonia Finlandesa (9/10)

abril 12, 2009

9. Helga y Artturi Heino se enamoran y se quedan

Siempre en el campo

conseguí un poco de fuerza

pensando que este sería

el último año

que hiciera este trabajo.

Lo único que nos faltaba

era un comprador para la chacra

todo estaba listo

pero después me embarazé.

Cuando nació Jussi

había estallado en Europa

la Segunda Guerra Mundial

pero nos quedo una pequeña esperanza:

Nos mudaríamos cuando

terminara la guerra.

Pero cuando terminó la guerra

había nacido

una pequeña hija,

Elena, en 1941.

Teníamos cuatro hijos

y poco dinero.

Artturi siempre añoraba

a Finlandia y toda su vida

vivió con la esperanza

de volver a su país natal.

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Exposición de fotos de Colonia Finlandesa (8/10)

abril 12, 2009

8. Eelis Heikkilä: El último recolector

Yo hago todo el trabajo aquí

limpio y carpo el bananal.

Hace dos meses me picó una víbora

suerte que tenía puesto

un pulóver grueso y un saco:

era un yarará (Bothrops alternatus).

Mis pies no aguantan más

cada cargamento que llevo pesa cuarenta kilos

puede ser que haga hasta 100 cargamentos por día

puede ser que en un día

haya cargado más de mil kilos de bananas.

Mis pies ya no aguantan más

mis pies están doloridos

después de un día de trabajao

es difícil levantarse en la mañana.

No hay en esta zona tantos finlandeses

Me estoy olvidando del finlandés

no tengo con quien hablar.

Colonia Finlandesa es un lugar triste

como nadie vive cerca de mí

me quedaría solo tirado

y nadie escucharía a mi socorro

si me picara una víbora.

(Eelis falleció a los 66 años unos meses antes de que visitara a Colonia Finlandesa en mayo de 1998.)

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Exposición de fotos de Colonia Finlandesa (7/10)

abril 12, 2009

7. Helena Haksluoto: Encuentro con la muerte

Cuando vivía en Colonia Finlandesa

siempre estaba con finlandeses

estos argentinos son tan diferentes a nosotros.

Mi prima Anita me dijo una vez de visita:

“Nosotros los Vatanen somos bien finlandeses.”

Mi siento netamente finlandesa

aunque mi mamá me dio a luz en esta tierra.

***

Era un mediodía de abril

de repente cayó un rayo en la casa

escuché una explosión fuerte

en la otra habitación

de repente la casa etaba en llamas.

Vi a mi marido en el piso, desnudo

tenía toda la ropa quemada

sus dedos estaban resbalosos como el jabón.

El cuerpo de Eino se había quemado

y ablandado cuando lo arrastraba

salían pedazos enteros de su carne.

No hace mucho tiempo,

Eino me visitó en un sueño

estaba sentado tranquilo,

con sus manos cruzadas; su anillo

brillaba intensamente.

Eino me había visitado para decirme:

“Todo lo que ha pasado es culpa de tu tía Ruusa

pero no tiene ninguna importancia.

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Exposición de fotos de Colonia Finlandesa (6/10)

marzo 25, 2009

6. Eino Parkkulainen: El Chermau Blanco

No tenía ninguna razón para irme,

pero quería ver el mundo;

tenía 22 años y era soltero

de la parroquia de Kitee,

del pueblo de Juurikkajärvi,

de la localidad de Kokkoniemi

y quería ver al mundo…

El jefe indio me dio

un nombre de honor: Chermau Blanco (Hermano Blanco).

Es el honor más grande,

que un indio guaraní puede darle a un forastero.

Conseguí todo tipo de invitaciones al campamento indio.

El jefe indio mandó

cinco hombres armados

para ser mis guaraespaldas durante el viaje.

Unos paraguayos

trabajando en la ruta preguntaron

si ellos podrían ir también a la fiesta

uno de los guaraespaldas le respondió:

“Sí, pueden venir,

pero no sé si regresarán.

Chermau Blanco si regresará.”

Fue la mejor parte de mi vida.

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